Skip to main content
Photo by Alena Shekhovtcova on Pexels.com

Es la 1:40am. El paracetamol de 1 gramo sólo me ha hecho efecto 3 horas. El dolor muscular vuelve, empiezan los escalofríos y el dolor general.

La manta gruesa que siempre uso para dormir en invierno es insuficiente y me tengo que levantar a buscar una segunda manta gigante doblada en dos para que me caliente todavía más. Pasa el rato, me pongo el termómetro, se asoma la fiebre. Me vuelvo a levantar para beber agua a trompicones, quiero mantenerme hidratada.

3 mantas encima e ir moviéndome lentamente por el malestar ayudan a sentirme mejor. Pero no puedo dormir.

Así que empiezo a pensar en lo típico, la suerte que tengo ahora mismo de no tener ninguna enfermedad de gravedad. Y siento admiración por todas aquellas personas que pasan por momentos de salud duros, en los que los días se hacen eternos por el sufrimiento y aún así viven, muchos sabrán sacarle el lado positivo.

Empiezo a pensar en como nos quedamos a veces conforme con nuestro día a día, sin cuidarnos lo suficiente de forma física, psíquica y espiritual, porque total, no viene de aquí. Y nos quedamos en el espiral estresante del día a día y sus expectativas. Vamos tirando y es fácil ir recuperándose con parches temporales. Es fácil no hacer lo que realmente nos importa.

Ponerme enferma un día a causa de una vacuna me sirve para recordar que hay que invertir en estar bien y cuidarse también mientras se está sano, en reflexionar sobre cuáles son las prioridades y ser capaces de dar cabida a las cosas que realmente nos importan sin maltratarnos. Nunca se sabe cuando va a cambiar tu vida por completo.

Recibe los nuevos artículos directamente en tu bandeja de entrada

¡No hacemos spam! Más información en la política de privacidad

Recibe los nuevos artículos directamente en tu bandeja de entrada

¡No hacemos spam! Más información en la política de privacidad

Leave a Reply